jueves, 29 de enero de 2015

El impacto de los “fast food” en la alimentación de los jóvenes

En muchos países, los “fast food” se han convertido en el lugar favorito de los jóvenes para comer algo delicioso y rápido. Los “fast food” son un sitio de reunión, de pasarla bien con los compañeros de clase o compañeros de trabajo. Estos lugares se han vuelto indispensables porque en un periodo limitado de tiempo se puede comer sin tener que esperar mucho para que te sirvan. Por tal razón, los jóvenes se han vuelto fanáticos de los "fast food". Se estima que entre un 30% y un 40% de todas las comidas se realizan fuera del hogar y los "fast food" representan el 20% de este mercado, quizás no tanto por la falta de tiempo sino porque representan una cultura que la juventud asume con facilidad. Los centros de comida rápida se han convertido en referentes donde los jóvenes pasan las tarde de muchos fines de semana.

Se ha llegado a la conclusión que los adolescentes se identifican plenamente con el ambiente del "fast food": informal, poco convencional, alejado del esquema tradicional de la cocina familiar del que tanto huyen, y con precios accesibles para los jóvenes, además de una vastísima red de establecimientos. Otra ventaja es la flexibilidad del horario. El plato base, la hamburguesa con patatas fritas, acompañada de diferentes bebidas (especialmente azucaradas), tiene gran aceptación entre este grupo de edad. En general se consideran alimentos con un alto contenido energético, en grasa, azúcar y sal; y bajo contenido en fibra y otros nutrientes, a pesar de que se han llevado a cabo otros estudios que demuestran que en muchos casos pueden tener un nivel aceptable de nutrientes. Pero su éxito no sólo radica en la comodidad, la comida rápida ha captado nuestros paladares, y a pesar de su mala fama nutricional, todos hemos caído en la tentación, en alguna ocasión, ante una hamburguesa o una porción de pizza.

Se ha demostrado que los jóvenes prefieren una hamburguesa o una pizza a un plato de arroz y habichuelas. Un estudio dice que el 73% de los jóvenes de entre 14 y 20 años come a diario o casi a diario: pizzas, hamburguesas, pollo frito acompañados de patatas fritas y bebidas azucaradas. Aunque la mayoría de los jóvenes reconoce que no es saludable, aún así lo hacen. Comer en “fast food” se ha convertido en algo de costumbres de grupo, además de los precios asequibles y de la gran publicidad que se le da a los mismos. La revista “Nature” publicó recientemente que estas costumbres tienen una base científica, porque un mecanismo cerebral de recompensa se activa cuando se ingieren ciertos ingredientes, de forma idéntica a cuando un adicto necesita droga.

Comer lo que se llama comida rápida tiene sus consecuencias. El Instituto de Medicina (IOM) dice que pueden producir diabetes, hipertensión, colesterol, exceso de peso, enfermedades cardiovasculares y otros problemas graves por lo que recomienda hacer ejercicio físico para evitar la obesidad. Además orienta que se debe sustituir las hamburguesas, papas y refrescos por hamburguesa de carnicería, papas cocidas y agua o leche con chocolate, frutos secos y fruta troceada. También recomienda enseñarle a los niños a tener hábitos saludables.

Comer en los “fast food” ha creado un impacto en los jóvenes y en los adultos en los hábitos alimenticios, en sus dietas y en la propensión a enfermedades y a la obesidad. Un estudio relaciona la cantidad de comida rápida que toma un adolescente con su obesidad. El estudio, realizado en Estados Unidos y publicado en "Pediatrics", se llevó a cabo sobre 14.355 niños y niñas de 9 a 14 años y mostró una relación estrecha entre frecuentar locales de comida rápida y sobrepeso. Treinta y cinco expertos han elaborado un documento en el que exhortan a la industria alimentaria a transformar sus procesos de cocinado para reducir al mínimo la presencia de factores cancerígenos, y alertan al mismo tiempo de los peligros del "fast food". La llamada comida rápida, que engloba carnes precocinadas con grasas, diversas clases de fritos, productos de panadería muy ricos en hidratos de carbono y bebidas de alto poder calórico con edulcorantes artificiales.

Las grasas saturadas (en exceso tienden a aumentar los niveles de colesterol en sangre), y el colesterol son abundantes en estos productos debido a las salsas a base de huevo, mantequilla, nata, manteca y otros ingredientes grasos que se emplean en su elaboración, y a los aceites de coco y palma que se usan en la fritura. En general, estos productos contienen más sal que los que se preparan en casa, en parte porque el sodio se utiliza como conservante. Además, para conseguir el aspecto deseado en cuanto a color, olor, sabor y textura llevan añadidos conservantes, colorantes, antiapelmazantes, estabilizantes, etc. Estos platos suelen incluir condimentos fuertes o aditivos que potencian el sabor y que estimulan el apetito y, con el tiempo, alteran la percepción del sentido del gusto y crean hábito.

El problema no está en comer en los “fast food”, el problema consiste en hacerlo con demasiada frecuencia. El consumo de este tipo de comida no supone ningún inconveniente para la salud siempre que no se convierta en un hábito ni sustituya los alimentos básicos. Pero lo que está ocurriendo en nuestra sociedad, tal vez por lo rápida que va la vida, es que cada vez más personas los incluyen como base de su dieta, sin ser conscientes de los peligros nutricionales que ello conlleva. Es por eso que es importante crear conciencia de las consecuencias a largo plazo de comer en los “fast food” y cambiar a unos hábitos alimenticios más saludables.

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